Historias del viento

domingo, 22 de mayo de 2016



Este es un nuevo proyecto que acabo de comenzar. 

Consiste en una serie de historias y leyendas ambientadas en distintas epocas de la historia de  mi mundo de fantasia: Midiel. 
Esta primera parte que decidí escribir se centra en Zilla (se pronuncia zila, no silla), "el reino del viento", un lugar de clima templado-frio donde los huracanes y tornados son cosa de todos los dias. 

El fragmento que dejo a continuacion narra como una niña, sin querer, descubre la magia que mantendra a la gente de ese lugar viva.  

Espero pronto poder ofrecerles la historia compelta *-*  



Los primeros días en las cuevas de la montaña habían sido divertidos. Allí dentro era otro mundo: la luz del sol rara vez entraba y había todo tipo de animalitos que nunca había visto en su vida. Además, otros clanes del área se habían refugiado con ellos y muchos tenían niños con los que podía jugar. Sin embargo, la novedad no tardo en transformarse en monotonía.
Todos los días eran iguales.
Cada mañana, si no hacia demasiado viento, los cazadores se aventuraban fuera de las cuevas, al bosque, para conseguir algo de comida. La mayoría de las veces no volvían con nada, y en muchas ocasiones regresaban menos de los que habían partido. Al viento le gustaba llevarse a la gente. Jugaba con ellos tirándolos por el cielo de un lado a otro y luego, cuando se aburría, los dejaba caer en cualquier sitio.
Algunos días, había tanto viento que ni siquiera los cazadores se atrevían a dejar las cuevas. Entonces se quedaban dentro, encendían hogueras, exploraban las cuevas y mataban cualquier animalito con un mínimo de carne que pudieran llevarse a la boca.
Como los cazadores comían primero, los ancianos después y recién entonces los niños, ella siempre tenía hambre y estaba tan delgada que podía contar sus huesos.
Pero el hambre no era ni de lejos lo peor de las cuevas. Lo peor era la oscuridad. No importaba cuantas hogueras encendieran, allí abajo siempre estaba oscuro y siempre olía mal, había demasiadas personas, demasiados cuerpos y a menudo sentía como si se estuviera ahogando.
Un día, ya no pudo aguantarlo más.
Era de noche fuera. O al menos eso suponía porque todos estaban durmiendo. Se escabulló de las sabanas que compartía con su madre y su hermano y caminó hasta la boca de la cueva.
Había llegado a memorizar cada vuelta y cada roca del lugar, por lo que encontrar su camino hasta la superficie no fue un problema. A medida que se iba acercando al exterior, un suave viento comenzó a agitarle el cabello y finalmente pudo respirar. Se quedó ahí por unos minutos, a pocos metros de la salida, dudando. Su madre le había dicho que nunca debía salir, mucho menos sola, y se enojaría mucho si se enteraba de que la había desobedecido… ¡pero tenía tantas ganas de salir…!
Sentía como si el mismo viento la estuviera llamando, susurrándole que se acercara, que no pensaba hacerle daño, y no pudo evitar escucharlo. Paso a paso fue avanzando hasta la salida. Por la boca de la cueva se veía un trozo de cielo nocturno, salpicado de hermosas estrellas y eso la animo a caminar más rápido.
Cuando finalmente llegó afuera, el viento comenzó a soplar con más fuerza, como dándole la bienvenida. Sus cabellos se revolvieron y sus brazos se elevaron contra su voluntad, pero en ningún momento tuvo miedo.
Dejando que el viento la guiara comenzó a caminar. A veces, los pasos se transformaban en pequeños vuelos que la elevaban por unos momentos antes de volver a dejarla en el suelo. Comenzó a reírse.
¿Porque estaban todos tan asustados del viento?
Tenía que volver a la cueva y explicarles lo equivocados que estaban. Con esos pensamientos, intentó darse la vuelta y volver, pero el viento no la dejaba, continuaba arrastrándola, esta vez en dirección contraria a donde quería ir.
Por primera vez en su vida sintió autentico miedo. Tenía que volver antes de que todos se despertaran o luego estarían muy enojados con ella. Se perdería la comida y no la dejarían salir nunca más y…
Una ráfaga especialmente fuerte la elevó varios metros en el aire. Comenzó a arrastrarla hacia atrás, cada vez más lejos de la cueva, sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Tardó varios segundos en ver que era lo que la estaba arrastrando: un tornado del que se encontraba cada vez más cerca.
Gritó con todas sus fuerzas, pero ni siquiera ella se escuchaba. De forma instintiva, intentó aferrarse a algo, primero con las manos, que no encontraron más que aire, y luego con otro sentido que no sabía que tenía hasta ese momento.
Encontró algo a lo que afirmarse. Era una especie de cuerda que la unía a la tierra, pero no de la clase que podía tomar con sus manos. Aun así consiguió aferrarla y tirar de ella, usándola para ir acercándose al suelo muy lentamente. Cerró los ojos, concentrándose en ese hilo invisible que la llevaría hasta la seguridad del suelo y, finalmente, llegó.
El viento soplaba a su alrededor con todas sus fuerzas, pero ella se mantenía afirmada a su hilo y el viento ya no podía levantarla.

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