Un dia muy largo (ish inicios 4)

domingo, 13 de julio de 2014


Después de una hora de subir por la pequeña montaña, la ladera se vuelve demasiado empinada para estar de pie; Sira y yo nos ponemos a cuatro patas y comenzamos a trepar afirmándonos de las pocas raíces que quedan a estas alturas. El sol golpea mi espalda casi desnuda y estoy segura de que acabare completamente quemada cuando termine con esto. Siento como la raíz de la que me estoy afirmando está a punto de ceder, lentamente avanzo hacia la derecha en busca de un camino más firme.
―¡Cuidado, el pie! ―La advertencia de Sira llega justo a tiempo.
La roca en la que estaba a punto de apoyarme cede, cayendo todo el camino hacia el pie de la montaña, me quedo colgada de ambas manos.
―Hay una rama cerca de tu pie derecho ―me indica Sira.
Muy lentamente, muevo mis manos a través de la raíz hasta que mis pies encuentran apoyo nuevamente. Estoy agitada, sudo por cada poro de mi cuerpo y el pelaje de mis piernas no está haciendo mucho por ayudarme; si seguimos haciendo pruebas como esta, tendré que depilarme.
―¿Vas a quedarte ahí todo el día? ―Sira está sentada en una rama a unos pocos metros por sobre mi cabeza, no parece en absoluto nerviosa o asustada por la altura.
―No me quejaría si me ayudas. ―comento.
Sira resopla, pero de todos modos me indica hacia donde tengo que moverme para llegar a su altura, en cuanto lo consigo, Sira se levanta y salta a otra rama a pocos pasos de distancia.
―Te vas a caer ― digo mientras me siento a horcajadas sobre la rama.
―¡No lo hare! ―Salta a otra rama y hace todo un espectáculo de inclinarse hacia delante.
Pongo los ojos en blanco y recuesto la espalda contra el tronco inclinado para recuperar el aliento. Observo a Sira escalar solo para devolverse y vuelta a empezar. La verdad es que para estas alturas ya podría estar en la cima, pero por alguna razón quiere esperarme.
No sé de donde saca tanta energía, parece que podría seguir así todo el día sin dar la menor muestra de cansancio. Da otro salto, queda colgada de las manos, trepa hasta la rama, salta de nuevo... y la rama a sus pies se quiebra. Sira consigue afirmarse un poco más abajo, pero es evidente que no resistirá mucho.
Podría intentar ir a ayudarla... pero la probabilidades de que lo consiga son más bien bajas; además, ella puede permitirse perder todo el puntaje que quiera, yo no. Me incorporo y sigo escalando.


***
Despierto en la ya conocida silla metálica; el dolor de muñecas y tobillos mezclándose con las agujetas. Sira está a mi lado, me mira cuando vuelvo a la realidad, pero no dice nada. Raro.
Una profesora se acerca para soltar mis ataduras y yo me levanto inmediatamente. Aun no es ni medio día, pero lo único que quiero es acostarme a dormir; esta semana ha sido la más agotadora de mi vida.
―¿Puedo irme? ―ella asiente sin decir nada, y yo no me hago derogar.

Subir las escaleras con agujetas es una auténtica tortura, pero como Sira no duerme en la Academia y Ékiro está en clases no tengo demasiada opción. Realmente tengo que hacerme amiga de alguien que viva en mi piso.
Me detengo en el onceavo piso para recuperar el aliento, es increíble como escalar en una simulación puede dejarte completamente agotado.
―Hola, sureña ― Sarella está apoyada casualmente contra la pared, con los brazos cruzados sobre su pecho y su piel amarillenta brillando de forma extraña bajo la luz artificial.
―Hola...                                                                                                                                                      
―Fue muy inteligente de tu parte conquistar a la niña Imera, pero no te va a salvar por siempre. ―¿Qué? ¿Esta celosa de que a Sira le haya dado por pegarse a mí?
―Yo no la “conquiste” fue ella la que se pegó a mí. ―contesto.
―Como sea. Ella se aburrirá de ti más antes que después, y entonces no te conviene tener enemigos ― No tengo idea de que hice para cabrearla tanto, pero no creo que sea buena idea preguntar.
No digo nada e intento continuar subiendo. No me deja.
―No deberías estar aquí. ―pone su mano en mi hombro. Intento librarme pero ella me aprieta con fuerza y me obliga a agacharme hasta que puede mirarme hacia abajo. Tardo un momento en notar que está usando magia y no fuerza bruta. ― tómalo como un consejo.
Quiero contestar, pero siento como su energía comienza a recorrer mi cuerpo, jugando con mis nervios. Hay un truco muy sencillo que consiste en meterse con las terminaciones nerviosas de la gente y hacerles creer que se han quemado o pinchado con una aguja; pero Sarella lo está llevando a un nivel completamente nuevo.
No siento dolor, pero mis piernas dejan de responder y caigo al suelo como una muñeca de trapo. Intento concentrarme para cortar su hechizo de alguna forma; busco errores, puntos débiles, pero cada vez me resulta más difícil concentrarme; y por mucho que intento protegerme a mí misma, Sarella no tarda mucho en encontrar el camino hasta mi cabeza.
Y entonces todo termina.

***
     ―¿Estas bien? ―una mujer de piel naranja me mira con curiosidad.
―No realmente ―me las arreglo para contestar. Me duelen todos los músculos y siento como si mi cabeza fuera a explotar en cualquier momento.
La mujer -quien seguramente es de Sadil y tiene solo uno o dos años más que yo-  me sonríe.
―Lo siento por eso, Sarella puede ser muy... territorial.
Escucho pisadas y la sadiliana desaparece de forma casi instantánea. ¿Un hechizo de invisibilidad? Tanteo el aire frente a mí, para comprobar si sigue ahí, pero no está. Tampoco escucho ni veo ningún otro signo de que siga en la habitación.
Raro.
Lentamente intento sentarme y descubro que estoy en una enfermería, un hombre de piel verdusca, presumiblemente un enfermero, se acerca a mí y comienza a hacerme las típicas preguntas de si estoy bien y que donde me duele, finalmente concluye que solo estoy agotada, me da pastillas para el dolor de cabeza y me ordena que me valla a comer antes de que pase el horario de la cena.
No tengo idea de que me hizo Sarella, pero estuve ocho horas inconsciente.
Al comienzo planeo ir directamente al comedor, pero cuando veo a Oel caminando en la misma dirección, pienso que podría ser una buena idea usarlo de... protección.
 Mantenemos una de esas conversaciones superficiales, él no me pregunta por Sarella, asique supongo que el incidente de hace un rato no es conocimiento público, me alegra saberlo. Esa mujer –sea quien sea- debió llevarme a la enfermería inmediatamente después de que sucediera.
Llegamos a la cafetería y comemos juntos.
La verdad es que Oel resulta una compañía agradable; no muy inteligente, pero no me quejo. Por lo menos no ha hecho la típica pregunta de “¿Qué hace una sureña por aquí?

―¿Has visto el ranking? ―me pregunta cuando terminamos de comer.
―No ―por un momento había olvidado que todas estas pruebas tenían como único objetivo ordenarnos según nuestras habilidades, pero ahora que Oel me lo recordó, estoy ansiosa por ver en que puesto quedé. ― ¿Dónde se ve?
―En la página privada de la Academia, ¿No te la enseño tu guía?
―No ―la verdad es que si lo hizo, pero veo a Sarella entrando al comedor y me parece una muy mala idea marcharme sola.
―¿Quieres que te enseñe? ―es encantador como Oel siempre formula las preguntas de forma tan... correcta. La mayoría de las personas que conozco simplemente lo habrían dicho como una afirmación. Quizá en Nivas tienen clases extras de lenguaje o algo así.
―Seguro.
Vamos hasta su habitación -que está en el mismo edificio que la mía pero en un cómodo segundo piso-, y él intenta enseñarme todo sobre la página de la Academia.
Hago lo posible por fingir estar interesada mientras él me enseña un monton de cosas que ya se. Y mejor que él, por lo que veo. Finalmente, llegamos a la parte del ranking.
Estoy en el puesto 197, un buen poco por sobre la mitad. Nada mal.
Oel quedó en el 230.
―Vamos a ver quién es la primera ―le digo.
―¿Cómo sabes que es una chica? ―él me mira con curiosidad y yo me encojo de hombros. Tampoco es tan difícil de adivinar.
―La hija de Imera ―Oel parece auténticamente sorprendido al ver su nombre, supongo que aún es ajeno al hecho de que fue Sira quien choco contra el en el discurso de bienvenida.

***

Llego a mi habitación hecha polvo y con todas las intenciones de irme a la cama inmediatamente; pero, una vez más, mis planes se ven frustrados.
Sira está sentada en mi cama jugando a algo en mi ordenador.
―¿Qué haces aquí? ―le pregunto cortante, la verdad es que no estoy de humor para tratar con ella ahora mismo.
Ella deja el ordenador a un lado y me mira de una forma increíblemente triste, parece a punto de ponerse a llorar.
―De acuerdo, lo siento. ―ni siquiera yo puedo ser tan insensible, me siento a su lado. ― ¿Qué te pasó?
Ella se limita a mirarme, al borde del llanto.
―Sira...
Sin saber muy bien que hacer intento acercarme más a ella, pero entonces ella comienza a agitarse; abre la boca y comienza a inhalar de forma exagerada, como si le costara respirar, luego comienza a temblar de forma completamente descontrolada y yo no sé qué hacer.
Grita a todo pulmón, y luego se arroja al suelo de rodillas, enrollándose sobre sí misma.
Intento acercarme a ella, pero me aparta de un empujón, con una fuerza que parece completamente fuera de lugar en su cuerpo de niña.
Ahora está agitándose y llorando, me está asustando y yo ya no sé qué hacer. Estoy a punto de huir para buscar ayuda cuando aparece Ékiro.
No sé qué hace aquí, pero no se sorprende al ver a la niña retorciéndose en el suelo, se acerca a ella y la toma de un brazo. Sira intenta apartarlo igual que hizo conmigo, pero esta vez no le funciona.
 Ékiro intenta inmovilizarla en el suelo, e incluso a pesar de que es mucho más corpulento, le cuesta bastante impedir que ella le siga pegando. Puedo decir que para mañana tendrá una buena cantidad de moretones.
―Está bien, está bien, ya va a pasar... ―Ékiro consigue atrapar a Sira entre sus brazos y ella parece relajarse un poco. Comienza a llorar.
Yo me quedo sentada junto a la pared, observando, sin tener idea de que hacer.

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